
Inimaginable que de la frase «L’État, c’est moi» (El Estado soy yo), atribuida al rey de Francia Luis XIV, estemos, 237 años después de la Revolución Francesa y del fin de la monarquía, asistiendo a momentos de trasposición y reproducción de esa absurda y anacrónica lógica absolutista por sectores, en teoría progresistas que, en el Pacto Histórico, tanto a nivel nacional como local, la retoman y adaptan a un «El partido soy yo» (Le parti, c’est moi).
Todo lo anterior en función de la justificación e imposición a las bases de «verdades» y de una voluntad personal o grupal que deciden revistir de aparente infalibilidad o perfectibilidad, pero que en el fondo enmascara, entre otros, defectos como el amiguismo. El Pacto hoy es un grupo cerrado de amigos, una especie de hermandad o cofradía que visibiliza y cataloga bajo el rótulo «enemigo» todo lo que está por fuera de la orden hermética, dándole además la mentirosa categorización de peligroso y divisionista.
Pero no solo es la tesis del decadente absolutismo francés del siglo XVII la que se retoma como propia por los «ilustrados» de un Pacto que quizás se adjetivice como Histórico no por marcar un hito de esta naturaleza sino por retomar postulados del pasado.
Y es que detrás de posturas francesas absolutamente conservadoras, parecieran reconocerse también, perfectamente atrincherados, una suerte de nuevos discípulos de Platón que estrictamente por resultar conveniente a sus intereses, reivindican la tesis de que sólo los más capaces y aptos por su «inteligencia» (filósofos) deben gobernar, en este caso al partido.
Lo que para las bases cada vez resulta más evidente y decepcionante es percatarse de la existencia de unos sujetos que viven no para la política y para el pueblo sino de la política y del pueblo y que en su actitud de aferrarse y no soltar privilegios, mantienen, por una especie de reivindicación de derecho divino, secuestrado al Pacto Histórico, impidiendo a toda costa y como de lugar que este deje de ser un
estado de ánimo y una realidad meramente jurídica y dé el salto para constituirse en una auténtica organización política del pueblo fundamentada en la democracia y no en la dedocracia.

Si se toman por ciertas las confesiones y verdades a medias de Gustavo Bolívar en su entrevista a Beto Coral, no cabe duda que a él y a todos los candidatos que a juicio de Petro no representaban la ‘antioqueñidad’ los bajaron y, aunque se calle por el entrevistado, al grupo de candidatos del que él hacía parte, se les dio la orden (al igual que al aparataje burocrático) de sumarse y votar por un Cepeda que fue el ungido por Petro, decisión que hoy el propio expresidente cuestiona pero endilgando el error a los problemas de comunicación de Bolívar y no a su limitación para aceptar que con la preparación y el magnetismo de Corcho otro hubiese sido el resultado.
En ese último escenario hay que hacer una reflexión necesaria. Toda candidatura (incluidas las universitarias) debería ser el producto o resultado de procesos democráticos de selección de los candidatos, garantizando a estos un plano de igualdad y de garantías mínimas para la participación. Los candidatos elegidos y no los ungidos, reproduciendo lógicas religiosas y mesiánicas, es la fórmula para la victoria. La otra lo es, pero para la derrota.
Inclinar la balanza en favor de uno y en contra de otro, como ya se manifestó que se hizo en la consulta presidencial y como acaba de repetirse en la elección de representantes de estudiantes al Consejo Superior de la Universidad del Atlántico, por parte de quien, como Petro, debería estar llamado y obligado a dar el ejemplo en la construcción de procesos unitarios y no a parcializarse para marcar caminos que sólo conducen a la derrota y a abrir nuevas heridas y divisiones.
En la Universidad del Atlántico, con todas las implicaciones que ello tiene perdió el injerencismo de Petro y no el candidato del sector del Pacto al que el expresidente le concedió durante la intervención la dirección de la Universidad. No puede ser posible, a estas alturas de la vida de Petro, que se preste para ser instrumentalizado y para escenificar una falacia de autoridad o un argumentum ad verecundiam, desde el error de concebir que el prestigio y los votos son mecánicamente transferibles y capaces desde la sola decisión de autoridad de una persona famosa, con prestigio y poderosa.
¿Por el costo político para el proyecto era necesaria esa exposición innecesaria?
No leer correctamente la realidad política es quizás el peor de los errores. Vivimos tiempos y circunstancias que demandan unidad y en los que las bases de manera expectante siguen a la espera de un balance autocrítico y por escrito de los yerros y equivocaciones cometidos y hasta hoy no admitidos ni por el presidente saliente, ni por quien representó al partido en las últimas elecciones presidenciales y mucho menos por la anacrónica, dogmática y sectaria «dirigencia» atornillada que, para seguir viviendo de la política, evade la admisión de responsabilidades.
La grandeza en política pasa por aceptar las equivocaciones y por la no repetición pero, además, por la capacidad para dar un paso al costado que devuelva la confianza a un pueblo doblemente golpeado, tanto por la derrota como por su autopercepción, cada vez más consciente, de que sólo es instrumentalizado para votar, llenar plazas y aplaudir, pero excluido para decidir y dirigir.
4 comentarios en ««El partido soy yo» y la diferencia entre ser ungido y ser elegido»
Totalmente de acuerdo, también la derrota es producto del desastre que dejaron en la Universidad del Atlántico, administrando la contratación los estudiantes de la Colombia Humana en tiempo de la intervención. Nuevamente se equivoca nuestro líder, Gustavo Petro.
Totalmente de acuerdo el pacto histórico y su dirigencia Nacional debe ser ejemplo para toda la militancia a nivel territorial, no puede ser que se sigan cometiendo los mismos errores y se opte por evadir responsabilidades, lo ocurrido en UA es el vivo reflejo , de la dedocracia reinante al interior del Pacto histórico, sería bueno dejar las viejas prácticas y hacer de nuestro movimiento un ejemplo de Democracia participativa y real, donde se respete la autonomía territorial, y se ejerza una propuesta política renovada de un proyecto de luz en medio del viejo modelo neoliberal que tanto daño le ha hecho a las libertades democráticas del os pueblos de América Latina, donde lastimosamente Colombia no es la excepción.
Tres puntos a poner en práctica .
1) Cero dedocracia.
2) Disciplina política desde su dirigencia Nacional hasta el militante de Barrio.
3) Democracia participativa con ética respetando los estatutos, estructura interna real en cada territorio y carnetización.
Lo más triste, es que todavía no bebemos de nuestros errores garrafales y que en cada elección, salen a flote, pero lo más peligroso y aberrante, es el copamiento de las direcciones de estos partidos, por los mismos dirigentes eternos, que defienden sus privilegios y ansias de protagonismos a capa y espada, así sea a costa de la desaparición de un partido o movimiento, que es la esperanza de todo un pueblo.
Siempre en mis escrito manifiesto que nuestra izquierda o progresismo o como se quieran nombrar es una secta de refritos, perpetuos y externos que en 50 años no le dieron paso a nadie, como Aida Abel López, Gloria Flores y otros.
Más nunca votaré por sus proyectos políticos y en las regiones en lo mismo.