Los resultados de las elecciones legislativas dejan varias lecciones importantes que debemos analizar con serenidad y con sentido estratégico.
Primero, es cierto que los partidos tradicionales obtuvieron una votación importante en el Congreso. Colectividades como el Centro Democrático, el Partido Liberal, el Partido Conservador, el Partido de la U y Cambio Radical suman cerca de diez millones de votos. Esto no es una sorpresa. Las elecciones parlamentarias en Colombia históricamente han estado dominadas por estructuras tradicionales, redes clientelares y maquinarias políticas regionales.
En las elecciones legislativas operan mecanismos que todos conocemos: líderes regionales, acuerdos con alcaldías, estructuras de contratación y, en muchos casos, prácticas como la compra de votos o la presión política sobre comunidades vulnerables. Esa realidad ha marcado la política colombiana durante décadas y explica por qué esos partidos logran grandes votaciones cuando se elige Senado y Cámara.
Pero la elección presidencial es diferente. La historia reciente de Colombia demuestra que cuando el país vota por presidente el comportamiento del elector cambia. El voto se vuelve más libre, más ciudadano y menos controlado por las maquinarias. En la presidencial pesan mucho más la opinión pública, el liderazgo, la esperanza de cambio y el debate nacional.
Por eso hemos visto fenómenos políticos que rompen las estructuras tradicionales. En su momento ocurrió con la elección de Álvaro Uribe, después con el crecimiento de nuevas fuerzas políticas, y más recientemente con la llegada del proyecto progresista al gobierno nacional.
Si miramos los datos con cuidado, encontramos un hecho fundamental: más de la mitad del electorado que votó en las elecciones recientes aún no ha definido su voto presidencial. Las consultas interpartidistas movilizaron aproximadamente ocho millones de ciudadanos en un país con más de cuarenta millones de electores. Eso significa que la gran mayoría del electorado todavía no se ha alineado con ningún candidato presidencial.
El verdadero campo de disputa política.
Existe un enorme grupo de ciudadanos —jóvenes, sectores populares, trabajadores, mujeres, votantes urbanos e independientes— que aún no han tomado una decisión sobre la presidencia. Muchos de ellos ni siquiera participaron en consultas porque sus liderazgos políticos no estaban allí o porque simplemente esperan la campaña presidencial para decidir.
Esto significa algo muy importante para nuestro movimiento. La elección presidencial aún está abierta. El proyecto progresista ya cuenta con una base electoral sólida. El Pacto Histórico se consolidó como una de las principales fuerzas políticas del país, lo que demuestra que existe una ciudadanía que defiende el cambio social, la justicia y la democracia. Pero la victoria no depende solo de esa base. Depende de nuestra capacidad de hablarle a ese gran electorado que aún no ha tomado una decisión. Ahí está el reto.
Debemos redoblar esfuerzos para llegar a cada barrio, cada comunidad, cada universidad, cada organización social y cada espacio ciudadano donde haya personas que quieren un país más justo pero que aún no sienten que la política les pertenece.
La historia electoral de Colombia demuestra que las presidenciales se ganan cuando se logra movilizar a quienes normalmente no participan en las estructuras tradicionales de poder. Por eso la tarea del progresismo no es confiarse en los resultados actuales, sino profundizar el trabajo político, pedagógico y organizativo con la ciudadanía.
Hay millones de colombianos que aún están escuchando, observando y esperando propuestas serias para el futuro del país. Si logramos conectar con ellos, la elección presidencial puede inclinarse a favor de un proyecto democrático, social y progresista. Ese es el desafío de este momento político. No bajar la guardia. Organizarnos más. Escuchar más al pueblo. Y trabajar con más fuerza para que la esperanza se convierta nuevamente en mayoría electoral.



