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¡Gracias Carolina! ¡Gracias mujer!

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Debo empezar por expresar mi absoluto y eterno agradecimiento a Carolina Corcho por haberme otorgado el reconocimiento y la oportunidad histórica de trabajar para su causa, que no es una causa de naturaleza personal sino la del país nacional, la de los históricamente invisibilizados sectores sociales, útiles para elegir, pero marginados de las grandes decisiones y definiciones de la política.

Es absolutamente un motivo de orgullo, desde las limitaciones económicas, desde la grosera desigualdad, desde injustas agresiones que sentí dolorosamente como propias, porque he vivido y sido víctima personalmente de la infame persecución, encontrar un espacio para recrear y alcanzar a vivir lo que siempre he soñado que debe ser la política: un ejercicio dónde no todo se valga; donde el fin jamás justifique los medios y donde el telos no sea la transacción sino la polis y los ciudadanos.

De lo primero que escuché de sus labios y que marcó mi decisión por apoyarla irrestricta y decididamente fue su advertencia hacia quienes optábamos por su nombre de no descalificar, respetar al adversario, sin que ello significase dejar de debatir con firmeza, argumentos y altura intelectual y ética ideas y proyectos de país, sin encontrar en ese tipo de posturas la reciprocidad que como mujer y como compañera de causa se merecía.

Nos correspondió a otros, como en mi caso, reivindicar su nombre y exigir de manera pública respeto frente a la diatriba de quienes desde el rumor mancillaron su nombre y se atrevieron incluso a incurrir en ataques contra su familia, lo que inmerecidamente soportó por ese algo que la mueve que es su amor hacia los más humildes del país.

Los resultados no deben ser, para quien por primera vez aspiró no a ser designada sino elegida, desalentadores. Casi 680 mil votos son un capital político impoluto que triplica cuantitativamente los 218 mil votos logrados por Petro contra Carlos Gaviria Díaz (septiembre de 2009), en el primer ejercicio de consulta del hoy presidente, cuando también al interior del Polo Petro debió enfrentar a toda la dirigencia partidista a la que afortunadamente y para la suerte del país venció en esa ocasión.

El 26 de octubre, por tanto, Carolina Corcho ganó. Quienes sí perdieron fueron, parcialmente, las mujeres y, sobre todo, el país que se privó de la posibilidad de darse la oportunidad de vivir un primer gobierno liderado por una mujer en dos siglos de vida republicana, expectativa que sigue siendo la recomendación y consejo aún no atendido a nuestro meritorio Nobel de literatura Gabriel García Márquez. Paradójicamente y respetando opiniones en contrario, el país que busca sucesor para Petro optó por desestimar el estilo de acción política más similar al del presidente.

Si no se actúa con perfidia frente a lo acordado el país gana una excelente cabeza de lista al senado, pero se priva, ojalá que no, de la posibilidad de seguir confrontando de manera decidida y sin ambages, a un establecimiento y a unos factores de poder capaces de desdibujar a quien no posea el carácter y el discurso motivacional necesario para confrontarlo, desnudarlo y terminar de derrotarlo. Si algo nos deja como enseñanza el cuatrienio que finaliza en 2026 es que hay una marcada diferenciación entre ser gobierno y ser poder (1) y que no es con tacto, buenas formas, diplomacia y generosidad como se enfrenta a un «régimen» saboteador u obstruccionista.

Hoy la ciudadanía que hace cuatro años cuestionaba las formas de selección de las listas a senado y cámara, bandera que Carolina asumió como propia, y a quienes llegaron a esos escenarios y el a qué llegaron a los mismos, debería por lo menos cuestionarse, más allá del formalismo del proceso implementado esta vez, qué tanto se avanzó en la concreción de que quienes ganarán lo hicieran sin detentar y hacer uso de poder económico, político y contractual, y qué tanto se pudo castigar en las urnas a congresistas que tanto se criticaron por su comprobada falta de compromiso y pérdida de contacto con las comunidades.

A los que trabajamos en la campaña de Carolina nos queda la satisfacción de saber que confrontados y enfrentados a verdaderos poderes emergentes, sin estructuras clientelares y maquinarias, pudimos mantener incólume el compromiso con una forma diferente del ejercicio político en el que, valga hacer la claridad, nos identificamos con Iván Cepeda, pero no necesariamente con muchos de quienes, con credenciales o sin credenciales, lo respaldaron. Seguimos convencidos que más que los objetivos alcanzados las correctas formas siguen siendo nuestra línea irrenunciable e inclaudicable. Tanto Carolina como Iván, afortunadamente, no conciben ni comparten la política como transacción y precisamente esa “intransigencia”, nos otorga tranquilidad.

Seguiremos tercamente creyendo que otra política es posible para Colombia.

Fotografías de José David Rojas Pallares

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