Lo más importante de que el pueblo haya logrado, en una fallida historia republicana de más de 200 años, conquistar la presidencia de la república no está en el hecho mismo de arrebatarle a las élites que sustituyeron a los españoles esa posibilidad. Tampoco podríamos erradamente esperar, al momento de hacer evaluaciones, que en escasos tres años pudieran superarse décadas o siglos de problemas, vicios e inequidades.
El más grande aporte a la historia del país o el legado por tanto del actual gobierno, con sus aciertos y desaciertos, no está o puede medirse en los logros alcanzados en lo que va del ejercicio administrativo. Si lo está, en las lecciones que nos está dejando y sobre las cuales es necesario reflexionar. La más importante de estas lecciones le ha permitido al pueblo descubrir que ser o alcanzar a ser gobierno necesariamente no es sinónimo o significa habernos siquiera acercado a haber alcanzado el poder.
Entre querer hacer y poder hacer media una enorme diferencia. El gobierno de Gustavo Petro se ha planteado apenas unas reformas mínimas con impacto sobre lo social (tributaria, pensional, a la salud y laboral) que en la medida en que benefician a aquellos para los que nunca se hacían las leyes y afectan el bolsillo de los que siempre han sido el verdadero poder, han encontrado en los congresistas que representan los intereses de estos últimos la más feroz oposición.
De cara a 2026, si no queremos ser testigos de un vergonzoso retroceso y de la agudización del sistema de injusticias para las grandes mayorías nacionales olvidadas, la lección debe estar suficientemente aprendida: hay que volver a elegir presidencia pero también ganar abrumadoras mayorías en el congreso. Solo con la conquista de presidencia y congreso será posible consolidar y avanzar, obviamente evaluando y corrigiendo los problemas propios de un primer ejercicio de gobierno
